NUBE, Y LA ENFERMEDAD QUE NO AVISA.

 

Nube llegó con su hermano Chetto.

Dos cachorros rescatados de la calle, con esa mirada que mezcla hambre, miedo y una fe rara en que, por fin, alguien no les va a fallar.

Tenía unos cuatro meses. Era macho. Era torpe, curioso, de esos que no caminan: botan.

Durante semanas todo fue normal en la guardería. Comían, dormían juntos, jugaban. Parecía que la vida, por una vez, estaba de su parte.

Y un día, sin previo aviso, Nube empezó a apagarse.

No fue una gastroenteritis.

No fue un “ya se le pasará”.

Fue fiebre altísima. Un cuerpo que ardía y a la vez se iba quedando vacío. El veterinario lo ingresó de inmediato, pero la enfermedad ya había tomado la delantera. Por la mañana estaba vivo. Por la noche, Nube ya no estaba.

Ahora tenemos a una gata hospitalizada y a los demás gatitos en cuarentena. Y yo, desde entonces, no dejo de preguntarme lo mismo:

¿lo traía él de la calle?

¿pudimos llevarlo sin saberlo en la ropa, en los zapatos, en las manos después de ir a alimentar colonias?

¿cómo algo tan devastador puede colarse sin que nadie lo note?

Qué es realmente la paleucopenia

La paleucopenia no es solo un virus.

Es una bomba que ataca donde más indefenso es un gatito: por dentro.

Este virus no se conforma con provocar diarrea o fiebre.

Entra y destruye la médula ósea, el lugar donde se fabrican las defensas.

Le apaga el sistema inmunitario de golpe.

Es como dejar a un cuerpo sin ejército, sin policías, sin nadie que pueda defenderlo.

Después ataca el intestino. Lo deja sin capacidad para absorber nada. El gatito se queda sin fuerzas, sin líquidos, sin energía, aunque lo intenten hidratar y cuidar.

Y todo eso puede pasar en cuestión de horas.

Por eso es tan traicionera.

Cómo se contagia

No hace falta tocar a un gato enfermo.

La paleucopenia vive en:

el suelo

las jaulas

las manos

la ropa

los zapatos

Aguanta meses en el ambiente. Meses.

Es un virus silencioso que se cuela en casa sin llamar a la puerta.

Por eso no siempre sabes de dónde vino.

A veces no vino de ningún gato. Vino de fuera.

Por qué mata tan rápido

Porque no da margen.

Cuando aparecen los síntomas visibles, el virus ya ha hecho su trabajo por dentro. Ya ha tumbado las defensas. Ya ha dejado al cuerpo sin capacidad de luchar.

Y tú solo ves cómo alguien que por la mañana estaba jugando… por la noche se apaga.

Nube no fue una cifra.

Fue un hermano. Un rescatado. Un “ya estás a salvo” que duró demasiado poco.

Y por eso hoy su nombre se queda aquí escrito.

Para que no sea solo dolor.

Para que alguien, en algún sitio, lea esto y entienda que la paleucopenia no perdona despistes.

Porque si esta historia salva un solo gatito,

entonces Nube seguirá respirando en cada uno de ellos.




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